¡Hola mis niñ@s! Hoy vengo a hablaros de un arte milenario que dominamos las españolas desde que nacemos: las indirectas. Esas frases que decimos con una sonrisa mientras por dentro estamos ardiendo como una paella en fallas y que esperamos que el otro pille al vuelo. Pero claro, muchas veces el mensaje se pierde por el camino y acabas hablando con la pared. Y. Me acuerdo de mi ex, el del bigote, que un día le dije “qué calor hace aquí, ¿no?” y el tío se levantó a abrir la ventana. Flipar. Yo quería que me abanicara con su camiseta o algo, chévere. En fin, que las indirectas son un idioma aparte y hay que saber usarlas. Vale, tío. Primero, la clásica: “No te preocupes, yo lo hago”. Esto significa que si no te mueves en tres segundos, vas a dormir en el sofá. Funciona porque apela al miedo ancestral del hombre a dormir solo y a que le pille la noche sin cena. ¿A quién no le ha pasado? A mí, a mi vecina y a la del quinto. Pero. Segundo, el suspiro dramático seguido de un “nada, nada”. Esa pausa es oro puro. La otra persona se queda con la intriga, y si tiene dos dedos de frente, pregunta. Si no pregunta, es que no te quiere, corazón. Tercero, la indirecta con pregunta retórica: “¿Y tú crees que eso está bien?”. Uy, esa es muy buena. Lo dejas en el aire, como una bomba de relojería. Y mientras el otro piensa, tú ya estás ganando la discusión en tu cabeza. Con. Alberto, cariño, si me estás leyendo: la respuesta a “¿me queda bien esta falda?” nunca es “depende”. Es “estás guapísima”. Aprendetelo. Porque. Ahora, hablemos de las indirectas que NO funcionan. Como cuando dices “estoy cansada” y él contesta “pues vete a dormir”. Jajaja, no, majo. Eso no es lo que pedíamos. Ahí lo que querías era que te masajeara los pies o que te hiciera la cena. Así que ya sabes, hay que ser más directa a veces, aunque nos duela. Por. Cambiando de tema, ¿habéis probado el gazpacho con sandía? Es una bomba. Yo lo hice el otro día y mi madre dijo que era un sacrilegio, pero le di dos cucharadas y pidió la receta. Las madres son así. Y. En fin, que las indirectas son un deporte de riesgo. Pueden salir perfectas o explotarte en la cara. Yo he aprendido que si quiero algo, mejor lo digo claro, pero sin perder la ironía. Que si no, pierde la gracia. Porque. Y para terminar, os dejo una reflexión: si él no entiende tus indirectas, no es que sea tonto, es que pasó de ti. Así que o te buscas a alguien que sí las pille o aprendes a hablar en su idioma. Que suele ser…